A nadie deja indiferente, que la sociedad actual, ha sufrido una transformación impresionante en muchos aspectos, y en particular en la manera de relacionarnos entre los seres humanos, frente la sociedad que conocimos quienes nacimos en la década de los 70-80 del pasado siglo.
En esta reflexión, nos planteamos poner de manifiesto cómo, silentemente, la sociedad de nuestra infancia y adolescencia ha fluctuado hacia la sociedad actual (la de la infancia y adolescencia de nuestros hijos) impactando en la manera de relacionarnos entre las personas y a su vez la manera de relacionarnos con los recursos, y el grado de dependencia que tenemos, de ambas realidades.
En definitiva, el planteamiento que se pretende hacer es si la sociedad actual convierte a sus individuos en personas más libres o más esclavas; si nos hemos transformado en personas más dependientes de nuestras “necesidades”, o si disponer de muchos más recursos para consumir, o para relacionarnos, nos hace realmente más libres.
Reflexionar sobre esta idea, se viene suscitando en nuestras cabezas (probablemente nacidos en aquellas décadas) y de repente se dispara la necesidad de expresarla. En mi caso concreto el detonante se produce después de ver un vídeo publicado en Instagram por Alba Muñoz, expresando el grado de agobio que puede llegar a experimentar el ser humano que pretende tener éxito (o simplemente sobrevivir) inmerso en la rueda culto a la propia imagen y al consumo, impuestos por la actual sociedad actual, y acaba expresando un anhelo libertad a la hora de vivir. (link del vídeo)
Es curioso constatar cómo desde los sectores más influyentes en la sociedad, se hace continua referencia a estos dos aspectos aquí planteados (la imagen y el consumo), pero de una manera también muy sesgada; disfrazada de una cierta bondad y casi siempre más disfrazada de sostenibilidad, del cuidado del planeta, del uso eficiente de los recursos, de economía circular, de derecho a la intimidad y privacidad de las personas, de… lo que queramos llamar… Todos ellos, aun siendo valores muy loables y concernientes, suelen exhibirse como de una acuciante urgencia, incluso de casi obligada militancia, pero la realidad es que cada vez que uno pretende incluso pertenecer a ese mundo, se encuentra más inmerso en una rueda de consumo y apariencia.
Les invito a hacer el ejercicio de ver “los pequeños consumos insignificantes e irrenunciables” que mes tras mes, nos cargan en la cuenta corriente: Plataformas de TV para ver series, Canales de pago para ver el fútbol, la fórmula 1, Servicios Prime de plataformas de compras, Plataformas de música en streaming, Aumento de capacidad de almacenaje en la nube para guardar no sé cuántos vídeos y fotos que grabamos o nos mandan por el móvil, Servicios Premium de alguna red social, …etc.
Si hacemos un ejercicio similar, referido “a la imagen e intimidad”, constataremos que cada vez estamos más expuestos, pese a toda una caterva de restricciones de accesos en las webs, de aceptaciones de términos y privacidades, de dobles factores de autenticación, de rechazo o aceptación de cookies (que por cierto nunca sabe uno si es mejor aceptarlas o rechazarlas porque la sensación es que da igual), de confirmar que no somos robots a base de seleccionar imágenes de semáforos, autobuses o motocicletas, de consentir que nos envíen notificaciones ellos y sus 189 partners, de consentir que nos manden noticias, de indicarnos cuántos seguidores tenemos todos (como si en esa cifra se nos fuera a ir la vida) de aceptar invitaciones de contacto en redes sociales de perfil profesional, de individuos que aparecen de la nada, de …..etc..
En definitiva, que pese a un discurso público a sensu contrario, la realidad es que nos hemos metido de lleno en esta rueda, y nos hemos generado necesidades que hace sólo unos años no teníamos, y que están por supuesto llenas de ventajas en acceso a muchísimas cosas, pero no es menos cierto que si uno se para un segundo a leer artículos como este, se dará cuenta también de cuán dependientes nos hace.
Pero ¿dependientes de qué? que cada uno ponga lo que considere, probablemente lo sea de trabajar mucho más, para poder ganar más, para poder gastar más (al menos antes era para “poseer más”) , y más gastar, y más generar, y más eficiencia, y más exigir, y más agilizar, y más optimizar, y más consumir, y más subir los precios de todo, y para …… ¿para qué? para ¿mantener la rueda? ¿para ser más felices? ¿para vivir mejor? Parémonos por un momento y reflexionemos, por favor.
Este artículo no pretende ir sobre estar en contra de todo lo anterior, no pretende ir sobre abstraernos del mundo en el que vivimos, pero sí pretende suscitar la reflexión de cómo influye en nuestros hijos, que sólo están conociendo este momento del mundo, pues aún son jóvenes. Pero, sobre todo, de cómo debemos prepararlos para ser felices y saberse abstraer puntualmente del que va a ser “su mundo futuro” instalado en la vertiginosidad, y en la volatilidad, estando en el mundo, pero sabiendo no ser víctimas de este.
Seguro que todos los que nacimos en esos 70´s y 80´s (incluso antes) cuando hemos leído los párrafos previos sobre esos consumos insignificantes o sobre la imagen y privacidad, hemos pensado, “caramba” si y cuando era niño también veía la tele, y veía el fútbol, y escuchaba música, y la grababa, y compraba lo que necesitaba y también lo que no necesitaba, y hablaba por teléfono con mis amigos, y escribía cartas, y …. Y no era menos feliz que ahora.
Pues bien, pensemos que nuestros hijos, no han conocido todo esto, (no se sentaba toda la familia los viernes a ver “Un, Dos, Tres, responda otra vez”, por ejemplo) y por ende no tienen contra qué comparar el actual mundo. Lo tendrán más adelante y mucho me temo que compararán contra este mundo actual, que les parecerá lento y tranquilo al lado del que estén viviendo, (como les habrá pasado a nuestro padres y abuelos) pero al menos que por nosotros no quede exigirles que se paren de vez en cuando, que sepan que se puede ser muy feliz sin tantas necesidades (no, ya cosas, sino necesidades).
Atrevámonos a exigirles que sepan elevar la mirada hacia otros valores. Como dice el lema de la próxima visita de su santidad el Papa León XIV a España, “Alzad la mirada”, enseñémosles a que la alcen, y contemplen otras realidades que les van a llenar mucho más, que consumir y aparentar.
