La generación Z —jóvenes que han crecido en un contexto de crisis económicas, sanitarias y sociales— combina fragilidad y fortaleza. Han aprendido a adaptarse, a resistir y a desenvolverse en un entorno incierto, lo que les ha dotado de una gran resiliencia y capacidad de adaptación.
El artículo destaca numerosas cualidades que abren un horizonte muy positivo para la evangelización. Es la generación más formada de la historia, con gran capacidad intelectual y técnica, lo que permite proponerles una formación cristiana profunda y exigente. Además, su dominio del mundo digital les convierte en protagonistas naturales del “nuevo areópago”: las redes sociales, que se presenta como un campo privilegiado para la evangelización, donde los jóvenes pueden transmitir su fe con naturalidad, cercanía y creatividad.
Otro aspecto clave es su fuerte valoración de la familia y la amistad. En un contexto de desconfianza hacia las instituciones, la familia sigue siendo su refugio seguro, lo que abre una oportunidad clave para la transmisión de la fe en el hogar. A su vez, viven la amistad con autenticidad y profundidad, lo que facilita que la fe pueda compartirse entre iguales de manera natural.
Se trata también de una generación abierta, inclusiva y sensible al sufrimiento ajeno. Se trata de la generación más inclusiva de la historia, rechazan los prejuicios y escuchan a quien piensa distinto. Su compromiso con causas sociales, la ecología o la justicia refleja un corazón dispuesto a amar. Este impulso puede elevarse hacia una caridad cristiana más plena, pasando del activismo a un servicio concreto por amor a Dios.
Lejos de la superficialidad que a veces se les atribuye, muchos jóvenes muestran una auténtica búsqueda de sentido, una sed de verdad y de coherencia. Rechazan la hipocresía y valoran el testimonio auténtico. En este contexto, la propuesta cristiana —cuando se vive con coherencia— puede resultar profundamente atractiva.
En definitiva, la generación Z no es un problema que resolver, sino una oportunidad que acoger. Como padres y educadores, estamos llamados a confiar en ellos, acompañarlos y proponerles con claridad la belleza del Evangelio. Si sabemos “coger su ola”, estos jóvenes no solo vivirán la fe, sino que podrán convertirse en protagonistas de una nueva evangelización, transformando la sociedad desde dentro con autenticidad, creatividad y esperanza.
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