La importancia del tiempo y el espacio para y con nuestra familia.
Vivimos en un mundo en el que prima lo digital y lo virtual. Es más, hemos llegado a un punto en el consideramos que todo avance, todo progreso, debe estar enmarcado dentro de dichas coordenadas… Debe ser, de alguna forma, digital y ser vivido de una forma virtual. Esto nos lleva a un cierto “rechazo”, incluso temor hacia lo físico. Y no hay más que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de ello.
Si nos fijamos en los espacios que habitamos, éstos son cada vez más asépticos y minimalistas. No dejamos espacio a la personalización, muchas veces no traslucen nada de las personas que las habitan. Son espacios que no nos hablan de las personas que los habitan (en el caso de las casas) o de las personas que trabajan en ellos (en el caso de las oficinas[1]). Vemos, por ejemplo, cómo, tanto en las casas que habitamos como en las oficinas en las que trabajamos impera una tendencia hacia los espacios diáfanos, pero en los que no se observa, no se exhibe ningún objeto personal de las personas que allí habitan o trabajan, nada que pueda traslucir algo de la vida de dichas personas, de su historia, de sus aficiones… nada (cfr. Byung-Chul Han, “No cosas”, editorial Taurus, 2021).
Es más, alarmantemente vemos cómo se incrementa el número de viviendas unipersonales, lo que supone que también nuestros hogares, el lugar en el que vivimos, está dejando de ser un lugar de encuentro con el otro.
En paralelo, si prestamos atención a cómo vivimos el tiempo, estamos en una época de hiper aceleración que nos lleva a vivir el tiempo superficialmente y a hacerlo además en el mundo “virtual” o “digital”, enganchados a las pantallas y a las redes sociales. Y esta es una realidad alarmante, puesto que de acuerdo con los últimos datos pasamos al día una media de entre 4 a 7 horas frente al móvil, dependiendo de la edad de la persona.
¿Cómo afecta esta forma de vivir tanto el espacio como el tiempo a nuestras familias?
Esta es la pregunta que, a la vista de la situación actual, queremos plantearnos y considerar. Porque esta realidad de la desaparición del tiempo y del espacio afecta directamente a nuestras familias. Ya que la familia es el primer ambiente en el que todos nosotros aprendemos desde pequeños a relacionarnos y a tejer relaciones con el otro. Aprendemos a convivir, a respetar, a discutir, a compartir… y es el primer ámbito en el que somos queridos. De ahí la importancia del Hogar Familiar (con mayúsculas) como lugar en el que se desarrolla todo este aprendizaje y de que nosotros como padres, proveamos a nuestros hijos del mismo, como algo innegociable para su proceso de crecimiento. Es el Hogar Familiar el espacio en el que somos queridos de forma plena (imperfecta, tal vez, pero plena) sin necesidad de ninguna apariencia. Es el ámbito en el que conocemos nuestra historia familiar, en el que están las fotos de nuestra familia y su historia, los libros que leemos, etc. Y es el primer ámbito (y tal vez esto sea lo más importante) en el que nuestros hijos comienzan a vivir su fe, por lo que no está de más también meditar sobre el espacio físico que dejamos a Dios en nuestros hogares (¿tenemos alguna imagen presidiendo nuestro hogar? ¿Tiene la Biblia un espacio privilegiado en nuestra casa?).
Construir este espacio para nuestros hijos es nuestra labor como padres. Estamos obligados a proveerlos de ese espacio, y no hacerlo como un lugar para exhibir ni del que alardear… hacerlo como un lugar de encuentro y de crecimiento, como un lugar, un espacio que “hable” de nuestra familia y en el que puedan crecer plenamente.
Pero no olvidemos que este espacio debe ser habitado. Y aquí entra cómo vivimos el tiempo. Porque habitar los espacios no es otra cosa que estar presentes en ellos, y hacerlo físicamente, no virtualmente. Físicamente. Porque es la presencia física la que habita un espacio, la que lo ocupa y la que genera la relación con el otro, ya que es la única que involucra la totalidad de la persona, es decir, su dimensión corporal y su dimensión espiritual (una videollamada con nuestras hijos jamás podrá sustituir a una conversación presencial con ellas, donde nuestro cuerpo, por ejemplo, con un simple abrazo, puede sofocar la angustia de sus lágrimas mucho más que cualquier palabra que le digamos, donde una carcajada puede iluminar el final de una jornada agotadora de trabajo, o donde una mirada puede decir mucho más que cualquier palabra).
Esta necesidad de cuidar los espacios y los tiempos que pasamos en ellos no se limitan únicamente al Hogar Familiar. Pensemos en nuestros trabajos, en el colegio de nuestros hijos, nuestras parroquias, etc. No queramos llenar una lista de cientos de lugares que queramos habitar, puesto que muy probablemente lo que consigamos será no habitar ninguno (ya se sabe lo que dice el refranero español “quien mucho abarca, poco aprieta”). Centrémonos en aquellos lugares, en aquellos espacios que nos constituyen, que nos definen (o que deben definirnos) como las personas que queremos que nuestros hijos sean… O, mejor dicho, como la personas que Dios quiere que nuestros hijos sean.
Renunciar a esta tarea, la de construir espacios y habitarlos, debe ser irrenunciable para todos nosotros, puesto que las consecuencias de no hacerlo, tanto para nuestros hijos como para nuestro matrimonio y nuestras relaciones con otras personas son mucho más perjudiciales de lo que tal vez pensemos. Porque es en esos espacios y a través de ese tiempo compartido en ellos como entregamos a nuestros hijos una referencia para su vida que les servirá de apoyo a la hora de habitar este mundo en el que vivimos. Y no olvidemos, como apuntábamos al inicio, que la característica principal de estos espacios y de la forma que son habitados (cómo es el tiempo que pasamos en ellos) es que deben serlo desde Dios, dejando hueco a su presencia y a la de la Virgen María.
Finalmente, tal vez debamos plantearnos una última pregunta que nos lleve a concretar, en familia, este tema de los espacios y el tiempo.
¿Qué es lo que me impide, lo que nos impide, construir espacios y habitarlos? ¿Qué nos roba el tiempo?
Porque siguiendo el encabezado de este breve artículo, es muy importante “aprender a decir No para poder decir Sí”[1]. Y hacer esto en el mundo actual nos cuesta mucho, porque no queremos perdernos nada.
Pero no podemos engañarnos. Construir un espacio (pongamos nuestro hogar) necesita de tiempo. Y habitarlo necesita de lo cotidiano, que también es tiempo. Todos hemos experimentado cuándo al entrar en la casa de algún amigo o conocido, podemos saber si esa casa está habitada, si hay alguien viviendo en ella, si está habitada. ¿Podemos decir eso de nuestra casa? ¿De nuestro lugar de trabajo? ¿De nuestra parroquia?
No nos engañemos. No nos creamos tampoco la idea del “tiempo de calidad”. Habitar un espacio no se logra únicamente dedicándole tiempo de calidad. Simplemente dedicando tiempo. ¿Estamos construyendo y habitando aquellos espacios a los que precisamente estamos llamados a construir y habitar? Aprendamos a decir que no a construir aquellos espacios que no debemos construir (ni mucho menos habitar) y seamos conscientes de aquello que nos roba el tiempo para realmente habitar aquellos que debemos habitar, comenzando por el uso indiscriminado que hacemos (y que por ende nuestros hijos pueden estar haciendo) del teléfono móvil y las redes sociales.
[1] Sin embargo, y en sentido contrario, podemos pensar en las ocasiones en las que hemos acudido a una reunión de padres en el aula de nuestras hijas, y cómo somos perfectamente de identificar el pupitre de nuestra hija, precisamente por cómo está “habitado” por las cosas de nuestra hija, sus libros, bolígrafos, etc., y cómo el propio pupitre, a través de su orden nos habla de nuestro hijo.
[2] Esta frase pertenece al escritor Ryan Holiday, del que os animamos a que leáis cualquiera de sus libros publicados.
