Teología del Hogar

Introducción

¿Qué sentido tiene hoy en día para nosotros la casa en la que habitamos? ¿Se trata de un verdadero hogar o simplemente de un lugar de paso? ¿Cabe la posibilidad de entender, iluminar y configurar nuestra casa desde el punto de vista de la fe y por lo tanto convertirla en un hogar que verdaderamente acoge? ¿Tiene el hogar una función específica desde el punto de vista de la fe?

 

Siendo algo reduccionistas, podemos comenzar diciendo que casas hay muchas (y algunas espectaculares), pero también podemos decir que no todas las casas son hogares. Es más, en muchos casos podemos llegar a pensar que hay muchas casas que hoy en día se asemejan más a un hotel (o una pensión, como muchas veces los padres dicen a sus hijos adolescentes) que a
un hogar.

Como familias cristianas debemos entonces preguntarnos qué es lo que marca la diferencia entre una casa y un hogar, más si cabe en un momento en el que todo a nuestro alrededor se encuentra impregnado de un funcionalismo abrumador, fundamentado en una búsqueda de vivir de la apariencia que al final conlleva una pérdida de la autenticidad.

Así pues… ¿existe alguna característica propia de la “casa” cristiana que la convierta en un hogar? Pensamos que sí, y de hecho existe la denominada “teología del hogar”*, que precisamente profundiza en este tema.

El hogar que habitamos y que habla de nosotros

Para que una casa se convierta en hogar debe ser, en primer lugar, habitada. Porque lo deshabitado no es un hogar en tanto en cuanto no hay personas que vivan en él.

Así pues, lo primero que debemos cuidar es nuestra presencia en el hogar. El hogar se habita, no es un lugar de paso. Y al habitarlo lo convertimos en un lugar de encuentro de nuestra familia y con otros.

¿Estamos viviendo una crisis de “habitabilidad” hoy en día? Pues entendida como la carencia de tiempo dedicado a estar presentes en nuestro hogar, la respuesta muy probablemente sea que sí. Vivimos tan ocupados en numerosas actividades (incluyendo el trabajo) que, si echamos la cuenta, hay muchos días en los que salimos de casa a las ocho de la mañana y no volvemos hasta las nueve de la noche. Poco tiempo para vivir y construir un hogar verdaderamente.

Así pues… ¿existe alguna característica propia de la “casa” cristiana que la convierta en un hogar? Pensamos que sí, y de hecho existe la denominada “teología del hogar”1, que precisamente profundiza en este tema.

Esto nos lleva al siguiente aspecto a considerar… todo hogar debe hablar de aquellos que lo habitan. Lo demás son hoteles. Esto también es algo que hoy en día llama mucho la atención. Hogares en los que es muy difícil traslucir quién los habita, nada nos habla de los que en él viven, tal vez porque esta descarnada era digital en la que vivimos ha relegado los recuerdos materiales a un segundo plano. Cada vez hay menos marcos de fotos que hablen de la historia de la familia, menos estanterías que nos hablen de los gustos literarios y aficiones de sus dueños, paredes en las que se cuelguen cuadros que han pasado de generación en generación. No se trata de acumular cosas, sino de entender el valor que también tienen las cosas materiales como elementos que hablan de nosotros y que al mismo tiempo nos recuerdan quiénes somos y de dónde venimos… que nos hablan de nuestra historia. Como apunta Byung-Chul Han2, hoy en día nos preocupa la cantidad de datos que podemos almacenar en la “nube” y no de las cosas que verdaderamente hablan de nuestra historia. Como apunta el autor “Hoy estamos en la transición de la era de las cosas a la era de las no-cosas. No son las cosas, sino la información, lo que determina el mundo en que vivimos”.

¿Somos capaces de identificar estas cosas que nos hablan de nuestra historia y que nos invitan a recordar? A lo mejor podríamos mirar a nuestro alrededor, bajar al trastero tal vez, y rescatar esos objetos que, al mirarlos, nos recuerdan a nuestros padres, a nuestros amigos… nuestra vida. Y que también permiten al otro, al que viene a nuestra casa, conocernos y comprendernos.

El hogar cristiano, un hogar llamado a la acogida

Una de las notas definitorias (como lo era la casa de Marta, María y Lázaro en Betania) del hogar cristiano es que es un lugar de acogida. La acogida supone que aquél que entra en él pueda descansar. El hogar, en cierta forma, es un reflejo de la Iglesia que acoge. Y esta acogida es dinámica, puesto que no se da puntualmente, sino de forma continuada en el tiempo. Tal vez por eso el hogar, como vulgarmente se dice “nunca está terminado”, ya que siempre está llamado a acoger y atender a aquellos que lo habitan a lo largo de la vida.

Esta acogida de la que hablamos tiene una triple dimensión, a saber:

  • La acogida a Dios
  • La acogida a la familia
  • La acogida al otro (amigos de la familia, del trabajo, del colegio de nuestros hijos…).

Comencemos por la acogida a Dios. Para los cristianos Dios es el centro de nuestra vida, tal y como queda de manifiesto en el Evangelio de San Juan, capítulo 14, “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Y como tal centro, debe estar presente en nuestro hogar. ¿Dispone Dios de un hueco físico en nuestro hogar? ¿Tenemos imágenes de la Sagrada Familia, de Jesús, de la Virgen María en nuestro hogar? ¿Hemos entronizado la Biblia en algún lugar específico de nuestro hogar? ¿Tenemos algún lugar concreto en el que nos reunamos a rezar como familia o a nivel personal?

No está de más plantearnos esta pregunta, porque a lo mejor al responderla nos damos cuenta que hemos dejado espacio a otros “dioses”. Por ejemplo, y sin ir más lejos, la televisión, que en muchos hogares ocupa el lugar central del cuarto de estar y donde muchas veces hay más de una. O los lugares de trabajo, donde somos capaces de organizar auténticos despachos a los que no les falta detalle… pero… ¿y para Dios? ¿Le hemos dejado algún hueco en nuestra casa?

Si de repente un extraño, alguien que no nos conociera, entrara en nuestra casa… ¿podría decir que somos cristianos por lo que en ella ve?

Nuestro hogar debe acoger a Dios, a la Sagrada Familia, a Jesús, a la Virgen María, porque es desde Dios desde donde verdaderamente vamos a ser capaces de acoger al resto de personas que habitan nuestro hogar. Si acogemos a Dios en nuestro hogar podremos acoger a nuestro cónyuge, a nuestros hijos, a nuestros hermanos, padres, amigos… ¿Por qué no lo hacemos? Tal vez porque no lo hemos pensado o, tal vez, porque nos da miedo el qué dirán. Bueno… Dios no se avergüenza de nosotros, ¿no? Ningún hijo debería avergonzarse de su Padre.

Trabajemos esta acogida real a Dios en nuestra casa. No hace falta que convirtamos nuestro cuarto de estar o dormitorios en catedrales o relicarios. Se trata de hacer presente a Dios en nuestro hogar de forma evidente. Hay miles de imágenes que pueden ser colocadas en múltiples sitios, benditeras en la entrada de nuestra casa, o simplemente basta con entronizar una Biblia, ocupando así un lugar preferente.

Sigamos ahora por la acogida a la familia. El hogar es el lugar preferente en el que los miembros de la familia (esposos e hijos) son acogidos de forma radical, en la totalidad de su ser. El hogar es donde todos nosotros nos sentimos queridos plenamente, o al menos debería ser así. Es el lugar habitado por la familia, donde todos nosotros vivimos nuestra experiencia originaria de ser amados. La carencia de esta experiencia “originaria” de sentirnos amados lastrará nuestra capacidad posterior de amar y entregarnos a otros.

El hogar, por lo tanto (y como apuntábamos anteriormente) debe ser un lugar al que esposos e hijos quieran acudir, no del que quieran huir. Un lugar de encuentro con el otro. Cuántas veces hemos oído testimonios (o en meras conversaciones) de gente que trabaja largas jornadas o se llena la agenda de multitud de actividades con el mero objetivo de no estar en casa, de no construir hogar.

Un hogar que acoge es un lugar de escucha, de comprensión y de diálogo, en el que se produce un encuentro verdadero entre las personas que lo habitan. Por ello es importante plantearnos qué formas de diseñar y organizar nuestro hogar ayudan al encuentro con el otro, a la buena y sana conversación y qué otras no ayudan. Qué ayuda a fomentar virtudes como la generosidad, el orden, y qué no. Y plantearnos estas cuestiones de una forma muy concreta y muy aterrizada.

Por ejemplo, si queremos fomentar el que haya ratos de encuentro y diálogo (cotidiano, que es lo que verdaderamente construye) en nuestro hogar… ¿tiene sentido que la televisión sea el centro del cuarto de estar? A lo mejor debemos dar prioridad a la mesa donde comemos, pues es uno de los lugares privilegiados para el encuentro y el diálogo. ¿Queremos que cada uno tenga una habitación individual, espacios “para uno mismo” que puedan convertirse en lugares de aislamiento o preferimos fomentar lugares comunes, o ámbitos en los que nosotros y nuestros hijos e hijas aprendamos la importancia de compartir?

Es cierto que el hogar familiar debe dejar hueco a ciertos espacios de intimidad para los miembros de la familia, pero no es menos cierto que debemos ponderar la necesidad de dichos espacios con el beneficio que supone el encuentro con el otro.

¿Nos hemos parado a pensar si nuestro hogar está diseñado para fomentar el encuentro? ¿O simplemente nos dejamos llevar por las modas y tendencias que definen y estructuran los hogares sin considerar para nada el fin último al que están destinados como lugar de encuentro?

Mención especial merece la mesa en la que comemos. La mesa es un lugar de encuentro y diálogo privilegiado con los demás. No sólo en el momento en el que se come, sino desde la propia preparación de la comida, la degustación de lo cocinado con otros y la sobremesa y el diálogo que se produce durante todos estos momentos. Es un espacio que invita precisamente al diálogo, por lo que es un ejemplo que nos viene muy bien con respecto al tema de hoy.

¿Cuidamos el espacio y el tiempo que dedicamos a la comida o también los momentos de la comida se han convertido en algo así como en un “self – service”? En un mundo totalmente invadido por las prisas, relegamos determinados momentos a un segundo plano pensando que son carentes de valor, incluso durante nuestra jornada laboral. Cuántas veces pensamos que comeremos algo rápido para no perder tiempo… y no sólo lo pensamos de una comida cotidiana en el trabajo, sino también de nuestro desayuno diario en casa. ¿Y la cena? Bueno, podemos pensar, como en casa tenemos diferentes horarios entre semana, es muy difícil coincidir todos para cenar… ¿seguro? Si verdaderamente miramos la comida el desayuno en casa, la comida en el trabajo y la cena en casa no sólo como un momento dedicado a satisfacer nuestra necesidad biológica de alimento sino como un momento privilegiado para poder hablar con el otro, conocerle, saber cómo está… A lo mejor nuestra mirada con respecto a estos momentos cambiaría. No nos quedemos en lo evidente (alimentarnos) sino en lo profundo, que también es “alimentarnos” y “alimentar” (del otro y al otro). Nos quejamos muchas veces de que nuestro esposo o esposa, hijos e hijas son algo desconocidos para nosotros… que no nos cuentan nada… Pues pongámosle solución y hagámoslo bien. Por eso la mesa donde desayunamos, comemos y cenamos, debe tener un lugar privilegiado en nuestro hogar (no deja de ser uno de los tres altares del matrimonio) y debemos dar la importancia que merece a lo que se genera alrededor de la mesa.

Terminemos con la acogida al otro (amigos de la familia, del trabajo, del colegio de nuestros hijos…). Todas las familias están llamadas a ser sobreabundantes, es decir, a dar fruto más allá de sí misma. Toda familia está llamada a ser “iglesia doméstica”, tal y como la definió el Concilio Vaticano II. Y como tal, está llamada a acoger. Por eso debemos ser generosos a la hora de acoger a nuestros amigos y de nuestros hijos e hijas en casa, cuidando con esmero dicha acogida, permitiendo que el otro se sienta “como en casa”. Es bueno y necesario salir a cenar fuera, a visitar museos, acudir al cine, teatros y musicales, pero no podemos dejar de acoger en nuestro hogar al otro. Permite que nos mostremos como familia y que salgamos de nosotros mismos y demos fruto más allá de los muros de nuestro hogar. Aprender a acoger es un arte, pero es necesario hacerlo en un mundo en el que vivimos demasiado “de puertas afuera” y con un alto grado de “apariencia”. Aprendamos de la familia de Betania, los amigos de Jesús en cuyo hogar siempre fue acogido.

1 Hoyos, Chiti, 2023. Dios bendiga esta casa. Editorial Nueva Eva. / Gress, Carrie; Mering, Noelle; Schrieber, Megan; Baile,
Kim, 2019. Theology of Home: Finding the Eternal in the Everyday. Editorial Tan Books & Pub.

2 Han, Byung-Chul, 2021. No-Cosas: Quiebras del mundo de hoy. Editorial Taurus.