A propósito del tiempo: ¡Hazlo tuyo!

Comienza un nuevo año. Un tiempo que Dios nos regala, una oportunidad única para escribir páginas nuevas en nuestra historia. ¿Qué vamos a hacer con este regalo? Porque el tiempo no vuelve. Cada minuto que pasa es irrepetible. Y ahí está el reto: aprovecharlo al máximo.

Un viejo profesor solía repetir en el colegio: “camarón que se duerme se lo lleva la corriente”. Lo decía para advertirnos de que, si no trabajábamos, el curso avanzaría y nos quedaríamos atrás, arrastrados por la pereza. En la vida ocurre lo mismo: si no tomamos las riendas, la vida nos arrastra. Por eso, este 2026, hagamos un propósito claro: cuidar el tiempo en familia. Porque ahí se juega lo más importante: nuestra misión como padres, nuestro proyecto como matrimonio, nuestra felicidad.

El tiempo: el tesoro más valioso

El tiempo es un bien escaso. No sabemos cuánto tendremos ni en qué condiciones lo disfrutaremos. ¿Vamos a gastarlo sin pensar? O vamos a invertirlo donde realmente importa: en las personas que amamos. Porque educar a nuestros hijos, enseñarles a vivir una vida buena, no se hace con prisas ni ausencias. Se hace estando presentes.

Estas frases tan obvias —“el tiempo que pasa no vuelve”, “el tiempo perdido no se recupera”— encierran una verdad profunda: el tiempo es un regalo que no podemos malgastar. Como todo bien escaso, debemos aprender a usarlo bien, de manera eficiente y eficaz. Y eso empieza por preguntarnos: ¿dónde está mi tiempo? ¿En qué lo invierto? ¿Qué puedo cambiar para que mi familia sea la prioridad?

¿Calidad o cantidad? Las dos son necesarias

Se habla mucho del “tiempo de calidad”. Pero la verdad es que, sin cantidad, la calidad es casi imposible.

Nuestros hijos necesitan vernos en casa, tenernos accesibles. Eso les da seguridad, les permite acercarse cuando lo necesiten y favorece que surjan conversaciones y momentos compartidos en los que se construye la unidad familiar. Que nos vean presentes convierte a los padres en referentes reales y hace que muchas cosas se aprendan casi sin darnos cuenta, por ósmosis.

Lograr esto con poco tiempo, aunque sea “de calidad”, es difícil. Si estamos poco, quizá no coincidimos cuando nos necesitan, y tampoco podemos garantizar que ese tiempo sea realmente de calidad: puede que estemos cansados, o que ellos estén preocupados por un examen. En cambio, si estamos mucho, las oportunidades surgen solas: conversaciones, risas, momentos que no se programan, pero que construyen familia. Es más fácil que surja ese tiempo valioso, porque en el fondo, tiempo de calidad es simplemente tiempo compartido: hablando, haciendo cosas juntos o, sencillamente, estando. Estar es educar. Estar es amar.

El matrimonio también necesita tiempo

No se trata solo de los hijos. También el matrimonio necesita tiempo. Tiempo para preguntar con calma: “¿cómo estás?”, para hablar, compartir ilusiones y preocupaciones, para seguir construyendo el proyecto de vida común. Recuerdo las palabras de San Juan Pablo II a un periodista que le pidió consejo: “lo mejor que puedes hacer por tus hijas es querer a tu mujer”. El mayor bien que podemos dar a nuestros hijos es que nos vean querernos y cuidarnos, que nos vean hablar, perdonarnos, reírnos y disfrutar juntos. Eso les da seguridad y esperanza. Eso les enseña a amar.

¿Y el trabajo? Replanteemos prioridades

Este propósito exige revisar el tiempo que dedicamos al trabajo y cómo lo hacemos. ¿Es realmente necesario todo el tiempo que invertimos? Habrá épocas en que sí, pero quizá podemos organizarnos mejor: llegar a casa a una hora prudente, cenar con los niños, acostarlos y luego seguir trabajando si es necesario; aprovechar el teletrabajo para estar presentes cuando ellos llegan del colegio. Las herramientas actuales nos permiten estar más cerca en los momentos clave del día.

Momentos que educan

Durante la semana hay momentos que debemos cuidar especialmente: la cena familiar —posiblemente el instrumento más potente de educación en la familia—, las oraciones de la noche y el momento de acostar a los pequeños. La presencia de los padres en esos momentos marca la diferencia. No siempre será posible, pero debería ser la excepción, no la norma.

El fin de semana, el competidor del tiempo familiar suele ser el ocio de los padres (vida social, deportes, aficiones…). Hagamos el propósito de pasar tiempo con nuestros hijos, buscando aficiones comunes. El domingo, día del Señor, debería ser especialmente familiar: acudir juntos a Misa, rezar en familia y compartir una comida verdaderamente familiar. También es un buen momento para visitar o recibir a los abuelos.

Tiempo para Dios

Por último, si no dedicamos tiempo a Dios, difícilmente nuestra vida estará ordenada. Si no le damos el lugar que merece, tampoco daremos a nuestra familia el tiempo que necesita, ni en cantidad ni en calidad. Él es el centro. Si le damos su lugar, todo lo demás encuentra el suyo: el trabajo, la familia, el descanso.

Este año, hagamos que nuestra familia crezca. ¡Más tiempo juntos!
¡Ese es el mejor propósito para el 2026!
¡Feliz Año Nuevo!